El siguiente texto es un extracto del capítulo «Años en la ermita de mi maestro» de la aclamada historia de vida de Paramahansa Yogananda Autobiografía de un yogui, en la que relata muchas experiencias profundamente inspiradoras que vivió con su célebre gurú, Swami Sri Yuktewar. La siguiente es una muestra de la elevada estatura espiritual de Sri Yuktesarji, así como de su perenne sabiduría. En este pasaje, Paramahansaji se refiere a menudo a Sri Yukteswar como «Maestro», que es una manera reverencial de dirigirse al gurú, reconociendo que es un alma que ha alcanzado un dominio total de su ser.
Mis primeros meses en compañía de Sri Yukteswar culminaron con una lección práctica: «Cómo vencer a un mosquito». En mi casa, mi familia solía protegerse bajo mosquiteros por la noche. En Serampore me acongojé mucho al ver que no se seguía esa prudente costumbre, a pesar de que allí los mosquitos eran numerosos: me picaban de pies a cabeza. Mi maestro me compadeció:
—Compra un mosquitero para ti y otro para mí — me dijo riendo, y agregó—: Si compras sólo uno para ti, todos los mosquitos se cebarán en mí.
Más que agradecido, le obedecí con diligencia. Cada noche que pasaba en Serampore, mi maestro me pedía que colocara los mosquiteros sobre las camas.
Una noche, no obstante, aun cuando una nube de mosquitos nos rodeaba, mi maestro no dio sus acostumbradas instrucciones. Con inquietud escuchaba yo el expectante zumbido de los insectos. Al acostarme, dirigí una oración propiciatoria para conjurarlos. Media hora después, tosí ostensiblemente para atraer la atención de mi gurú; pensé que enloquecería con las picaduras de los mosquitos, y especialmente con el zumbido con que celebraban sus ritos, sedientos de sangre.
Pero no hubo respuesta de mi maestro. Me acerqué a él cautelosamente. No estaba respirando. Era esa la primera vez que yo le veía en trance yóguico, lo cual me llenó de terror.
«¡Su corazón debe de haberle fallado!», pensé. Coloqué un espejo ante su nariz, y ningún vapor de aliento apareció en él. Para cerciorarme bien, cerré por varios minutos su boca y sus fosas nasales con mis dedos. Su cuerpo estaba frío y sin movimiento. Atónito, busqué la puerta para pedir socorro.
—¡Ajá! ¡Un aprendiz de experimentador! ¡Mi pobre nariz! —La voz de mi maestro se estremecía de risa—. ¿Por qué no te acuestas? ¿Es que va a cambiar el mundo por ti? ¡Cámbiate a ti mismo y aparta de tu conciencia a los mosquitos!
Sumisamente regresé a mi cama. Ningún insecto volvió a acercarse. Me di cuenta de que mi maestro sólo había accedido a poner los mosquiteros para complacerme, ya que él no tenía temor alguno a los mosquitos. Por medio de su poder yóguico, podía impedirles que lo picaran, o bien escapar recogiéndose en una invulnerabilidad interna.
«Estaba dándome una demostración —pensé—. Ése es el estado yóguico que debo esforzarme por alcanzar». Un verdadero yogui es capaz de obtener la supraconciencia y permanecer en ella, sin importarle las múltiples distracciones que jamás faltan en este mundo, ya se trate del zumbido de los insectos o de la penetrante luz del día. En el estado inicial de samadhi (sabikalpa), el devoto se desconecta de todo testimonio sensorial del mundo externo. El oído y la vista se abren entonces hacia mundos interiores más bellos que los del prístino Edén1.
Los instructivos mosquitos sirvieron para otra lección inicial en la ermita. Era la hora apacible del crepúsculo: mi gurú estaba interpretando incomparablemente los textos antiguos. Sentado a sus pies, me hallaba yo en perfecta paz. Un impertinente mosquito entró en escena y principió a distraer mi atención. Y como introdujera su venenosa «aguja hipodérmica» en mi muslo, automáticamente levanté mi mano vengadora. ¡Reprime la inminente ejecución! El oportuno recuerdo de uno de los aforismos de Patanjali vino a mi mente: aquel que trata del ahimsa (no dañar)2.
—¿Por qué no terminaste la obra?
—Maestro, ¿aprueba usted el matar?
—No, pero el golpe mortal ya ha sido ejecutado en tu mente.
—No comprendo.
—El sentido del aforismo de Patanjali es eliminar el deseo de matar —Sri Yukteswar había leído mi proceso mental como en un libro abierto—. Este mundo está inconvenientemente arreglado para la práctica literal de ahimsa. El hombre puede verse obligado a exterminar a las criaturas perjudiciales. Pero no debe caer bajo la compulsión de la ira o la animosidad. Todas las formas de vida tienen igual derecho al aire de maya. El santo que descubre los secretos de la creación estará en armonía con las múltiples y desconcertantes expresiones de la naturaleza. Al superar su pasión por la destrucción, todos los seres humanos podrán comprender esta verdad.
—Maestro, ¿debe uno ofrecerse a sí mismo en sacrificio en vez de matar a una bestia salvaje?
—No; el cuerpo del hombre es precioso. Su valor es de primer orden en la escala evolutiva, porque posee un cerebro y centros espinales únicos. Éstos le permiten al devoto adelantado comprender y expresar plenamente los más elevados aspectos de la divinidad. Ninguna de las especies inferiores está así capacitada. Es verdad que se incurre en la deuda de un pecado menor, si uno se ve obligado a matar a algún animal u otro ser viviente. Pero los sagrados Shastras enseñan que la pérdida injustificada de un cuerpo humano es una transgresión muy grave contra la ley kármica.
Suspiré aliviado; no siempre se ven los propios instintos naturales confirmados por las escrituras.
Aunque nunca vi a mi maestro enfrentarse a un tigre o a un leopardo, en cierta ocasión, una mortífera cobra le desafió, sólo para ser vencida por el amor de mi gurú. El encuentro tuvo lugar en Puri, donde mi maestro tenía una ermita situada cerca del mar. Prafulla, un joven discípulo de los últimos años del Maestro, se hallaba con él en tal ocasión.
«Estábamos sentados fuera de la ermita —me contó Prafulla—, cuando cerca de nosotros apareció una amedrentadora cobra de más de un metro de largo. Su caperuza se hallaba furiosamente extendida, mientras se dirigía rápidamente hacia nosotros. Mi gurú le dio la bienvenida con un chasquido de labios como se suele hacer con un niño. Yo me sentí muy consternado al ver al Maestro iniciar un rítmico palmoteo con las manos3: ¡estaba entreteniendo al temido visitante! Permanecí completamente quieto, orando de manera ferviente en mi interior. La serpiente, muy cerca del Maestro, se quedó inmóvil, aparentemente magnetizada por su acariciadora actitud. La temida capucha se replegó gradualmente y el ofidio se deslizó entre los pies de Sri Yukteswarji y desapareció en la maleza.
»¿Por qué el Maestro movió las manos y por qué la cobra no le mordió? Esto me resultaba inexplicable en aquel momento —concluyó Prafulla—. Desde entonces me he convencido de que nuestro divino gurú está más allá del temor de ser herido por cualquier criatura».
Notas al pie:
- Los poderes omnipresentes de un yogui, por medio de los cuales ve, oye, gusta, huele y siente sin el uso de los órganos sensoriales, se han descrito de la siguiente manera en la Taittiriya Aranyaka: «El ciego perforó la perla; el que se halla desprovisto de dedos enhebró un hilo a través de ella; el que no tiene cuello se la puso; y el que carece de lengua alabó el hecho».
- «En la presencia de un hombre que se ha perfeccionado en ahimsa (no violencia), no surge enemistad [en ninguna criatura]» (Yoga Sutras II:35).
- La cobra ataca rápidamente a cualquier cosa que se mueva dentro de su alcance. En la mayoría de los casos, una completa inmovilidad constituye la única esperanza de seguridad.
Lo invitamos a conocer más de la Autobiografía de un yogui de Paramahansa Yogananda, uno de los más aclamados clásicos espirituales. Esta obra ha tocado los corazones y enriquecido la mente de millones de personas en todo el mundo.